"LA ISLA DE ZOE"
EXTRACTOS DE LA NOVELA:
"No le engañaban en la agencia de viajes cuando le afirmaron que aquel suntuoso hotel, rodeado de palmeras y cataratas artificiales, era lo más parecido a adentrarse en un oasis rezumante de belleza edénica y paz. El relajante y apaciguador sonido del chapoteo del agua le acompañó hasta el umbral de la puerta, ribeteada de aromáticas flores de colores malvas y fucsias. Dejó atrás una hilera de arcadas de estilo mudéjar que se abrían a cada lado a patios interiores con una fuente central que emulaba los gustos arquitectónicos del esplendor de la antigua Roma.
Tras el mostrador distinguió la figura menuda y macilenta del recepcionista. Era un hombre de mediana edad, bajito y tez morena. Hablaba precipitadamente acompañando su voz de una mímica exacerbada que le confería un aspecto cómico. Sus ojos grandes y oscuros miraban con detenimiento a la ancianita a quien acababa de entregar la llave correspondiente a su habitación. En realidad era una tarjeta que había que insertar en una ranura con una banda magnética. En la cara anterior podía leerse el nombre del hotel: LA ISLA DE ZOE.
Iván observó que venía hacia él. Cojeaba.
-Buenos días señor.
-Buenos días. Mi nombre es Iván Valiño. Hice una reserva la semana pasada -Dijo en tono taciturno. Su voz desgastada trataba de camuflar la intensa agonía interior que le roía las entrañas.
-Perfectamente -contestó solícito el recepcionista-. Déjeme ver... sí, Iván Valiño -confirmó corroborando los datos en el ordenador-. Le daré la habitación 119. Le encantará. ¡Las vistas al mar son realmente excelentes¡.
Sonrió de un modo irresistible obviamente esperando que aquella información encendiese su entusiasmo. Su voz triunfal y enérgica no dejaba lugar a dudas. Le defraudó comprobar que en su rostro permanecía la expresión de abatimiento que había descubierto desde el inicio de la breve conversación.
-¡Eso suena fabuloso¡ -se apresuró a contestar esforzándose por aparentar un entusiasmo ficticio que ahuyentase la desidia y la desolación. Engañó al recepcionista, y complacido le entregó la llave de la habitación. A continuación pasó a indicarle minuciosamente los horarios del comedor para bajar a desayunar. Hablaba con esa voz infatigable y engatusadora de los charlatanes que recorren el país en sus caravanas ambulantes en busca de crédulos y gentes de mentes aletargadas a quienes vender remedios milagrosos falsos o adulterados.
-Gracias -le cortó con brusquedad. Sólo la rutilante sonrisa de su rostro agraciado restaba hostilidad a su vehemente tosquedad. Al observar la perplejidad mayúscula de aquel hombre se sintió culpable y tentado de disculparse al momento. Pero aquella mañana de Agosto el recuerdo de Clara dolía con la intensidad de mil volcanes en erupción a la vez. Nada importaba ya. Su mujer había fallecido hacía tan sólo una semana. Desde entonces el mundo entero se había convertido en un desierto de sombras grises y voces desconocidas que le atormentaban con sus gemidos de sufrimiento y llanto. Benalmádena, con todo el encanto y deleite con que agasajaba al turista, no era sino una prolongación del infierno que le tocaba vivir en un mundo al que sentía que ya no pertenecía.
Se dirigió hacia el ascensor arrastrando los pies como un condenado al patíbulo. A su espalda escuchó la voz atropellada del recepcionista indicándole que su habitación quedaba al final del pasillo, en la segunda planta.
-Gracias -contestó de nuevo esforzándose por que su voz sonase amable y agradecida-.
Introdujo la tarjeta en la ranura y entró. La habitación era bastante amplia y confortable. A su derecha quedaba el baño, iluminado bajo el tenue brillo rojizo de una bombilla circular encajada en el techo. De frente, las cortinas de color violáceo dejaban pasar tímidamente los haces de luz provenientes del exterior, creando una atmósfera de intimidad mística. La enorme cama de matrimonio venía flanqueada a ambos lados por dos mesillas de noche de color hueso sobre las que reposaban sendas lamparitas con forma de seta.
Se abalanzó sobre la cama extenuado como un peregrino que implora descanso tras una penosa caminata por senderos tortuosos. Al momento se zambulló en un profundo sueño. Una parte de su ser anhelaba no despertar jamás. Notó como su cuerpo cansado era engullido por las fauces de una caverna de profundidad insondable y sus músculos se relajaban. Los latidos de su corazón enlentecían. La sensación de caída al vacío era maravillosa y liberadora, apaciguaba sus tribulaciones y espantaba a las voces anónimas que gimoteaban al unísono dentro de su cabeza.
En el sueño, el miedo a la soledad y la insoportable sensación de culpabilidad habían desaparecido para transformarse paulatinamente en imágenes de vívidos colores que le invitaban a acercarse. Las observó embebido como un beato ante Dios en espera de un milagro.
Una voz plañidera emergió del núcleo de una inmensa esfera roja que surgió de la fusión de las imágenes centelleantes primitivas. Iván se quedó petrificado ante ella como un fotograma congelado en el tiempo. Una nueva sensación, semejante a la esperanza, bañó su espíritu derrotado y malherido.
Se hallaba en medio del espacio exterior. El silencio sepulcral y la negrura más absoluta, moteada de fulgores estelares, quedó relegada a un segundo plano ante la magnificencia de la esfera abarcando el infinito.
La voz de una mujer le habló con dulzura devolviéndole al momento el coraje y descanso espiritual que le habían abandonado. Durante unos segundos nuevas lágrimas se agolparon en sus ojos hinchados y resecos de tanto como había llorado en los últimos días.
-Iván, he venido a liberarte de tu sufrimiento. Ante todo debes saber que la muerte de Clara no fue por culpa tuya. El destino es inviolable y ya estaba escrito.
Aquellas palabras fueron la frágil y quebradiza barricada de la presa que cede ante la poderosa opresión del agua desbordada. Rompió a llorar desconsolado. En algún recoveco de su memoria pugnaba por salir el aborrecible recuerdo de la funesta tarde en que su mujer perdía la vida a manos de un psicópata que, a hurtadillas, había enrarecido con su presencia aquel hogar de amor y serenidad que habían construido juntos.
Y el recuerdo ganó la batalla. Su mente abyecta proyectó los bocetos de atrocidad y espanto que vieron sus ojos grises tras la puerta entornada y desvencijada de la cocina. El cuerpo exánime de Clara yacía sobre el mármol blanco en medio de un copioso charco de sangre. Sus ojos verdes contemplaban con expresión agónica el truculento escenario de su muerte.
Antes de entregar su vida había luchado con arrojo y ferocidad a juzgar por el caótico panorama de sillas volcadas, platos y vasos resquebrajados y cristales despedazados por todas partes. Un cuchillo ensangrentado resbalaba de sus manos contusionadas. Era el arma con que había tratado de defenderse antes de firmar el espeluznante y definitivo pacto con la muerte. Sus ropas rasgadas y hechas jirones cubrían escasamente su cuerpo exuberante y hermoso apaleado con brutalidad y mórbido sadismo. El agresor le había asestado repetidas puñaladas letales en el vientre y el pecho. No pudo pedir auxilio. Sus sollozos y gritos de pavor habrían enmudecido bajo el paño de cocina que aquel desalmado había embutido en su boca entreabierta.
-No debí dejarla sola... -Atinó a decir balbuceando como un chiquillo asustado-. Unos días antes se habían producido unas llamadas extrañas... nadie contestaba.
-Tenías que ir a trabajar. No podías quedarte en casa eternamente como un centinela custodiando a su reina -contestó la mujer aliviando su dolor-. La vida es una rueda que gira y gira incesantemente. A veces nos trae fortuna, y otras, la macabra burla del destino nos niega esa bonanza y nos castiga con acontecimientos aterradores. Somos tan sólo las piezas de un inmenso tablero de ajedrez que enfrenta a dos grandes jugadores: la vida y la muerte. No podemos intervenir ni interferir en la partida. La vida mueve sus piezas con sabiduría e inteligencia y nosotros avanzamos con ella, pero la muerte conoce todas las jugadas y las artimañas para ganar todas las partidas. La muerte danza con la vida, juega con ella por puro deleite y a veces le hace creer que podrá ganar, pero al final, cuando menos lo esperas nos sorprende con una última jugada magistral y nos deja fuera de la vida. Nadie puede vencer a la muerte ni prever sus movimientos.
-¿Quién eres tú?. -Preguntó Iván enjugándose los ojos-.
-Soy Zoe. Y puedo llevarte junto a Clara, si lo deseas... -dijo la mujer de un modo misterioso-.
Contempló la esfera convencido de que estaba presenciando un milagro, o tal vez estaba hablando con un emisario del Señor.
-Nadie puede hacer eso. Ella está muerta. -Bramó Iván enfurecido-.
-¿No desearías volver a verla?.
-Por supuesto -contestó exasperado-. Pero ya te he dicho que está muerta. ¿Acaso posees el poder de resucitar a los muertos?."
VÍCTOR VIRGÓS. "LA ISLA DE ZOE"
LA SALA DE LOS RELOJES
EXTRACTOS DE LA NOVELA:
"La mujer avanzó con parsimonia por el angosto pasillo en penumbras de la Sala de los Relojes. Unos madrugadores y timoratos rayos de luz de la mañana se filtraban como espías a través de las grietas en las persianas bajadas. La eterna cantinela de los relojes, que reposaban en reverente silencio sobre mesillas y estanterías enterradas bajo espesas capas de polvo, danzaba en el aire pestilente con su persistente tictac. A ambos lados de aquella "caverna" lóbrega, se erigían como atalayas dos muebles, que acogían en su seno decenas de relojes. El suelo irregular y empinado, como catapultado por un seísmo, estaba formado por pequeñas losetas blancas y negras, en un intento vano de emular la sobria elegancia de un tablero de ajedrez. El techo, celeste como el firmamento, estaba resquebrajado y hundido en su parte central. Gruesas telarañas pendían de aquella brecha como grotescas lianas de una jungla surrealista. Un olor hediondo manaba de aquella grotesca bocaza sonriente. Sus pies se abrían paso entre columnas de polvo, inmundicia y enseres descuartizados esparcidos por el suelo.
La mujer se detuvo delante de un biombo de madera ajada y devorada por la carcoma. Detrás, bajo una urna de cristal en torno a la cual volaban aturdidos por la fatiga y el hambre gigantescos moscardones, había depositado el desconcertante reloj de madera que le entregara la hechicera Axen hacía 6 meses en su último viaje a Kenya.
Lo admiró con veneración. A continuación, posó sus manos añosas y ásperas sobre el armatoste de tosca madera negra de casi un metro de longitud. En su zona anterior giraban sobre una oquedad excavada dos agujas talladas en cuerno de marfil. Algunas ramas secas, en la cara posterior, extendían sus brazos inertes hacia los bucles de luz ensortijados que dibujaban elipses en el aire denso encerrado en la habitación. Unos anillos azules, que orbitaban como satélites en torno al eje central, donde se fusionaban en la zona superior del opulento leño, hablaban de su milenaria longevidad. En sus entrañas moraba el tiempo futuro apresado, generaciones de sueños que jamás se cumplirían, interrumpidos con brusquedad por una mofa inesperada del destino. Las vidas erróneas, conducidas por el sendero de la falacia, la perfidia, la lujuria y las taras y debilidades propias de la naturaleza humana podían ser abortadas a través del reloj. Las manos de la mujer tan solo eran el vehículo imprescindible para estancar un destino envenenado de imperfecciones. La hechicera Axen le había mostrado la travesía que conducía a la unión simbiótica con el reloj, y el lenguaje requerido para establecer un vínculo inquebrantable. Sus anhelos más fervientes debían ser una prolongación de las mágicas cualidades del reloj. Debía utilizarlo para purificar las almas necesitadas de redención y expiación de culpas. De otro modo, sus efectos devastadores podrían resultar nefastos e imprevisibles...
Cuando entró en trance, y de sus labios lívidos y finos comenzaron a fluir las palabras, en el antiguo y desconocido lenguaje de los hechiceros, la mujer evocó la luminosidad de las aguas termales de Misty Rain. Vio nuevamente las impresionantes cataratas inmersas en la jungla, donde se había extraviado en su último viaje a Kenya, donde entre alucinaciones y delirios fue milagrosamente rescatada por Axen. El último viaje conducía allí, a Misty Rain; un paraíso de gozosa belleza donde la hechicera limpiaba las pústulas, heridas y enfermedades que impedían a los hombres caminar por un camino de amor y armonía en sus vidas.
Los labios de la mujer esbozaron una sonrisa cáustica. Álex Collado tenía una cita ineludible con su destino.
El níveo fulgor de la luna menguante arrojaba chorros de luz sobre las reposadas aguas del Pantano de los Murmullos, perturbado tan sólo por el críptico diálogo de las ranas, que croaban encaramadas detrás de una espesa cortina de cañaverales que nacían junto a la orilla. El gélido viento de aquella noche de Septiembre aullaba entre las quebradizas ramas de los árboles, agitando sus copas espigadas con furia desatada. Remolinos de hojas marchitas se estrellaban contra las roñosas ventanas de la caseta abandonada de un guardia forestal, convertida en inesperado refugio de amor de enamorados acuciados por el hambre de la pasión y los sentimientos"
VÍCTOR VIRGÓS. "LA SALA DE LOS RELOJES"
"JYS,LA ESTACIÓN DEL TIEMPO"
EXTRACTOS DE LA NOVELA:
El ruido es ensordecedor en la estación Bravury. Es día 19 de Agosto de 1992; la multitud aglutinada anhela con avidez el comienzo de sus vacaciones Hay niños correteando por todas partes, esquivando a gran velocidad a los cientos de turistas y pasajeros que se dispersan por toda la estación. Entran y salen por los distintos accesos grupos de gente de Bravury, de sus arrabales e incluso de pueblos colindantes y remotas tierras. Son en su gran mayoría oriundos de este pueblo escocés, oculto entre montañas cubiertas de nieves eternas, donde el aire glacial es afilado como la hoja de una guadaña y el agua de sus lagos es siempre gélida y límpida.
En el suelo polvoriento y descolorido apenas se distingue ya un dibujo en relieve de un paisaje canadiense, que se asoma a un bosque helado de cipreses. En el cielo, despejado de nubes, planea una majestuosa ave rapaz. Mientras esperan, los pasajeros han dejado sobre el pavimento de la monumental estación grandes maletones, mochilas y bolsas de viaje.
Un murmullo general flota en el aire como una densa bola de gas condensada y caliente.
La estación Bravury goza de gran prestigio y reputación mundial. Se narran muchas leyendas sobre ella, así como del pueblo que la vio nacer. Es una estación arcaica y legendaria; así lo avala su estructura vetusta de madera quejumbrosa, deslucida por la humedad, la lluvia y el frío. El suelo tiene grietas y el techo grotescos boquetes que ahora están siendo reparados. El alcalde ha concedido una generosa subvención para devolverle su antigua majestuosidad y esplendor.
Hacía mucho calor aquella mañana de Agosto, pese a las recientes y copiosas lluvias que habían regado los bucólicos paisajes de Bravury. La temperatura en el interior de la estación parecía aumentar paulatinamente. Sin embargo esto no parecía alterar lo más mínimo el ambiente de euforia y júbilo; la gente contemplaba con entusiasmo la grandiosa y colorista ceremonia en honor a la vieja estación, que marcaba hoy su primer centenario de existencia.
Cuando se inauguró oficialmente, hacía ya demasiado tiempo y sólo los más ancianos del lugar recordaban con lágrimas en los ojos aquel día, nacía histórica y culturalmente una Bravury que convulsionaría a ese mundo remoto que se extendía más allá de sus praderas de color esmeralda. A medida que las obras iban ganando terreno a la utopía de disponer de una red de ferrocarril fue acumulando elogios y admiración. Las carreteras arenosas y en estado de deterioro progresivo fueron restauradas. La coraza que envolvía al pueblo de apenas varios cientos de habitantes fue desmoronándose. Desconocida y aislada, silenciosa y discreta, se convirtió de pronto en un punto de referencia para aventureros y nómadas, ávidos de misterio y leyendas. Comenzaron a brotar narraciones fantásticas acerca de sus parajes de ensueño, contornos montañosos y verdes llanuras, vastos y fecundos campos, praderas, la caricia amable de la brisa y el viento impoluto. Brávury se hallaba inmerso en una burbuja incorruptible donde la quietud y el reposo parecían fluir de sus ríos y senderos curvilíneos, o de los valles plagados de acogedoras casas rústicas diseminadas a lo largo de los caminos pedregosos.
Se contaban historias épicas, tal vez reales, tal vez ficticias. Durante su letargo en el anonimato Bravury había sido escenario de extraños fenómenos paranormales. Algunos de ellos acontecieron en el mismo punto donde ahora se erigía descomunal y deslumbrante la estación de ferrocarril.
Melvin Stewart había sido reelegido como alcalde y se sentía orgulloso de ello. Adoraba las reuniones con sus vecinos y amigos en "El Ciprés rojo" para participar en los campeonatos anuales de mus. Era un hombre jovial y amistoso que buscaba el contacto con los demás, haciéndose así partícipe de sus vidas. Repudiaba abiertamente la reverencia y el trato impersonal de las relaciones diplomáticas. En ese día del centenario de la estación no quiso escatimar en gastos para conceder a sus vecinos una celebración sin parangón. Melvin Stewart organizó un magnífico evento que nadie podría olvidar jamás en Escocia.
Una multitud boquiabierta se congregaba delante de los trenes más antiguos. Era un hecho excepcional poder contemplarlos allí, fuera de los museos del país. La exposición era un desfile constante de trenes del pasado y del presente paseando sus sombras gastadas, o vívidos colores fruto de las nuevas tendencias y modernidad. Trenes y más trenes, emborrachando de vapores y ronroneos la estación. Algunos chiquillos se arremolinaban asustados, aunque ellos pretendían mostrarse valerosos e impertérritos, ante los más aparatosos, de corazas negras hirvientes y estruendosa respiración. Parecían arquetipos de su primitivismo. Parecían iracundos, consumidos por el rencor y el desprecio hacia ese progreso que les había desterrado. El maquinista solía ser siempre uno de esos viejos huraños que todo lo sabía acerca de Bravury y sus leyendas...
Había una muy popular y difundida. La de Jeniffer Long. Aquella niña se había arrojado a la vía del tren sin que jamás se esclarecieran los hechos que derivaron hacia un final tan prematuro y macabro. Había sucedido en los viejos hangares de la estación, donde dormían los trenes de antaño. Ahora sólo quedaban las vías muertas fuera de servicio. Nunca volvió a abrirse ese sector de la estación. Aquel funesto día fue recordado con el sobrenombre de Vía Jeniffer. Permanecía cerrada. Nadie se aproximaba para fisgonear tras los oscuros cristales de las puertas, cerradas con media docena de candados. Tan sólo algunos valientes osaban a mirar de un modo furtivo y precavido desde una distancia prudencial, como si temieran que al acercarse demasiado el espíritu de la niña pudiera atraparles para llevarles con ella a las vías muertas. Si te asomabas a esa oscuridad impenetrable, la mugre del cristal apenas permitía imaginar un mundo cadavérico, poblado de flores marchitas e hierba amarilla que crecía entre los raíles de las vías. Había también una locomotora desenganchada del resto de vagones. Silenciosa y polvorienta, esperaba la llegada de nuevos avatares y viajes venturosos. La leyenda narra que bajo su imponente coraza negra aguarda Jeniffer; anhela con fervor realizar su último viaje .
Se esperaba de un momento a otro la aparición estelar de numerosas celebridades. El Alcalde había previsto medidas de seguridad excepcionales y había redoblado el contingente de policías. Los periodistas y reporteros de las cadenas de televisión ya estaban tomando posiciones.
Traci King y su compañero sentimental, Alex Mercury, aparecerían temprano sin duda, y tratarían de eludir a la multitud anhelante que solía congregarse a su paso. La policía había acordonado la zona y se había apostado frente a las puertas de la estación ,por la cual accederían las caras más famosas del mundo del celuloide, la radio y la televisión.
Una hilera de barreras amarillas servía de dique de protección. La muchedumbre trataría de aproximarse tanto como les fuese posible, con sus cámaras de fotos y sus libretas para cazar algún autógrafo con una dedicatoria manuscrita. Melvin Stewart se había mostrado tajante e inflexible en sus órdenes: Nada de adolescentes alocados saltando por encima de las barreras para hacer corrillos a su alrededor y abrazarles. El alcalde quería que su paso por Bravury se realizase del modo más raudo posible, y sobre todo, que aquel hecho no ensombreciese la gloria y esplendor de la exposición de trenes que se encontraba en plena ceremonia.
La cantante del momento, Carmen Vilas, cuyos pelos rojizos y verdes habían desencadenado una corriente novedosa entre las adolescentes que la veneraban, llegaría en cualquier momento. Disfrutaba congelando el instante en que realizaba su aparición ante sus admiradores. Era una mujer hedonista que recibía de buen agrado los cumplidos, las sesiones de fotos y las entrevistas.
Los cristales de aquella puerta tenían un aspecto tétrico. Estaban sucísimos
- ¡Abuelo! ¿por qué nadie limpia estos cristales? ¡No se ve nada! -protestó el niño que estaba apoyado en el frontal de la cristalera que daba a la Vía Jeniffer. Al otro lado apenas se vislumbraban porciones recortadas del interior.
- No es eso. Pero.. ¡Ven, sal de ahí! ¡No te arrimes tanto! No me gusta que te acerques demasiado - contestó su abuelo, prácticamente arrancando a su nieto de allí-
- ¿Por qué no puedo mirar? -El niño se desenganchó de su férreo contacto y corrió nuevamente hacia la cristalera. Estaba cubierta de mugre, acumulada durante quién sabía cuantos años. Sin embargo, el chiquillo logró encontrar un pequeño halo de luz por el que era posible observar que se extendía al otro lado. Vislumbró un escenario espeluznante; secciones de la Vía Jeniffer e incluso un formidable tren negro. Se giró y mirando a su abuelo, con los ojos desmesuradamente abiertos por la emoción, dijo:
- Aquí fue donde ocurrió la historia de Jeniffer, ¿verdad abuelo?
- !Bobadas¡ Sólo son leyendas. ¡Vamos Álbert! No debemos estar aquí -protestó enérgicamente y con nerviosismo, tratando de eludir el tema, pugnando consigo mismo para no ceder a la tentación de espiar tras la cristalera, como había hecho su nieto.
- ¡Yo no creo que sea una leyenda! ¡Jeniffer existió de verdad! -insistió el chiquillo recalcitrante en su postura-
- !Te digo que no, Álbert¡ Eso no son más que invenciones sin sentido. ¡Venga, debemos irnos ya! Volvamos a la exposición de trenes. Pronto llegaran los famosos que tanto te gusta ver por la televisión... -explicó su abuelo. Estaba a punto de estallar en lágrimas, aterrado. Le costaba respirar. Por unos instantes estuvo seguro de que le sobrevendría una crisis nerviosa, pero respiró hondo y logró superar la situación-
- ¿No querrás perdértelo, verdad que no Álbert?
Se alejaron a toda prisa. Los ojos azules de él estaban petrificados en algún punto indefinido en el horizonte, lejos de la cristalera que quedaba a su espalda. No deseaba volver la vista atrás. Temía que si lo hacía podía suceder lo inimaginable, algo inaudito y sin sentido. La leyenda podría dejar de ser leyenda para convertirse en cruda realidad. Jeniffer se mostraría tras la negrura, más allá de los cristales demudados por la oscuridad. Haría reventar los candados de la puerta que la retenía confinada; o tal vez atravesaría la frontera de cristal que la excluía del mundo terrenal, el mundo de los seres con vida.
Caminaba con paso decidido y brioso, temeroso de que por causa de un impulso inconsciente cediera a la tentación y mirase nuevamente hacia la puerta. Sentía pavor de las leyendas; especialmente aquellas acompañadas de memorias aciagas, cuya remembranza le provocaban escalofríos...
Albert era incapaz de apartar su mirada del único punto de luz tras la cristalera que concedía una visión generosa del mundo insólito que se extendía al otro lado. Se estaban alejando pero el chiquillo no se rendiría fácilmente. Era obcecado y no desviaría su mirada del cristal. Sus ojos verdes estaban ávidos de curiosidad y asombro.
Sucedió demasiado deprisa, como un vendaval frío que irrumpiera en una exigua habitación contaminando con su presencia una atmósfera cálida y serena. Una canción brotaba suavemente desde algún lugar indistinguible al otro lado de la cristalera. Y más allá, mucho más allá, en la misma garganta de aquel universo inexplorado, levantándose entre los raíles oxidados de la vía muerta, envuelta en un halo reluciente que la otorgaba un resplandor celestial, Jeniffer despertaba de su letargo.
- ¡Jeniffer! -murmuró asombrado Albert-
- ¡Calla y camina Albert! ¡No mires atrás! ¡No me gusta que lo hagas!
Observó el rostro céreo de su nieto, pálido y aterrado. Tenía las manos heladas. Por un instante imaginó que sucedería si miraba atrás: ¿descubriría a Jeniffer, flotando tras el umbral de la cristalera?
- ¡Abuelo, mira! ¡Está atravesando el cristal!
Albert parecía a punto de desvanecerse al tiempo que pataleaba y tiraba de la mano de su abuelo para desasirse.
- ¡Calla Albert! -Imploró más que ordenó su abuelo, que había comenzado a sentir como su frente se cubría de finas gotas de sudor frío. Pronto la voz del chiquillo quedó amortiguada por la música, que sonaba con mayor estridencia. A pocos metros de allí un pasillo a la derecha, plagado de tiendas de regalos y fruslerías, conducía hacia la engalanada plataforma donde los concurrentes disfrutaban con la exposición de trenes. El anciano tuvo que arrancarle del suelo para alejarle de aquel lugar embrujado. A los pocos minutos regresó la calma. La música no se había extinguido completamente, sino que se había convertido en un susurro apaciguado. El viejo Isaías miró a su nieto con cariño. Sus manos habían recuperado el calor y su aspecto parecía relajado.
Una auténtica avalancha de curiosos corrían hacia la entrada número 19. Traci King, la famosa actriz escocesa que se diera a conocer a raíz del controvertido film "Calor ambiental", se abría pasos entre la multitud asfixiante esbozando su habitual radiante sonrisa. Junto a ella, como un fiel sabueso, gruñón e irascible, caminaba como un galán de otros tiempos, soberbio y endiosado, Alex Mercury. Era tan célebre por su temperamento antipático y petulante como por su espacio radiofónico "A punto de verlo" ; un programa sensacionalista que mostraba la cruda realidad de la vida con entrevistas a sus protagonistas descorazonados. Los periodistas se abalanzaron sobre la pareja. Traci les deleitaba con su sonrisa rutilante y sincera, al tiempo que Alex les crucificaba con su mirada vindicativa. La vasta hilera de policías que acordonaba la zona formó una cadena humana en torno a ellos.
VÍCTOR VIRGÓS.
LOS JARDINES DE SERENNA
EXTRACTOS:
"Nadie conoce a nadie. Eso aviva la magia y confiere a los encuentros mensuales matices clandestinos y morbosos, que alimentan el misterio e inflaman las pasiones. Cuando esas pasiones se desatan y las fantasías se materializan en tangible realidad, los invitados se desprenden de los disfraces y máscaras que mantienen confinados los más oscuros sueños y anhelos inconfesables. Cada uno de ellos escoge un papel y lo asume con verdadera devoción. Se entregan con fervor a esos roles imaginados, y por unos instantes todo parece real, las fantasías y los sueños son tan vívidos e intensos que la franja que divide la realidad de lo ficticio es prácticamente indistinguible.
Paulatinamente van llegando, despacio, nerviosos, aturdidos, ávidos de emociones diversas, como un ejército de almas en pena que buscara la redención. Deambulan sin rumbo fijo e intercambian miradas avergonzadas, furtivas, curiosas, desesperadas o invitadoras. No se detienen para conversar o iniciar los primeros contactos sociales de cortesía. Todos comprenden los motivos por los cuales están allí, frente a la suntuosa e incomparable mansión de Serenna. Antes de traspasar el umbral imponente de la verja exterior, flanqueada por extensas plantaciones de rosales siempre frescos, los invitados ya intuyen como van a desarrollarse los venideros minutos y horas del día. La excitación es incontrolable, y esta sensación adictiva promueve las necesidades imperiosas de prolongar los encuentros mensuales, hasta el punto de renunciar a tu propia vida, para girar en torno a una fantasía: los encuentros mensuales en los fastuosos Jardines de Serenna.
La inmensa mayoría son hombres. Las mujeres forman un grupo muy inferior, vienen acompañadas de sus esposos o sus parejas, amantes ocasionales o amigos desinhibidos. Son ellos los verdaderos instigadores de esta aventura osada, que flirtea con las delicadas fibras del amor y los sentimientos, un campo volcánico y pedregoso plagado de minas que pueden estallar en cualquier momento. Ellas acceden gustosas contagiadas por el entusiasmo colectivo, la curiosidad, la rebeldía o la necesidad de abrir frentes novedosos e inexplorados en el complicado mundo de la sexualidad y los afectos. Lo asumen como un aderezo más de su personalidad, y creen firmemente que ello provocará una respuesta instantánea de lealtad y devoción por parte de sus amantes, esposos o parejas.
Los encuentros mensuales poseen un extraño influjo del que es difícil evadirse. Empiezan como meros juegos colectivos inofensivos y deleitosos. Pero son juegos con dos caras antagonistas. La cara más amable te ofrece una experiencia hipnótica y adictiva que produce grandes dosis de placeres inalcanzables. Libera tu mente de las amarras de las normas sociales inquebrantables, disipa los miedos y los tabúes. La cara más agradable retoca los aspectos deformados y reprimidos de tu subconsciente. Te sientes etéreo y dichoso. Podrías flotar en una nube, mirar el universo desde las cumbres más altas del cielo. Pero a veces, los asistentes se topan con el frío anverso de los encuentros mensuales. Cuando se percatan de ello es ya demasiado tarde. La amargura es como un torrente sanguíneo que te corroe las entrañas. Los encuentros mensuales pueden succionar la voluntad y la autoestima o la dignidad de los más veleidosos y frágiles. Pueden transformarte en una marioneta de los sentimientos, hasta el punto de atraparte en sus garras y hacerte su prisionero, doblegando tu voluntad. Te destruyen, y sientes como te vas desmoronando sin remedio, como un castillo de naipes o un torreón de arena junto a la playa.
Serenna está ante la puerta esperando a sus invitados. Les observa con displicencia, sonriendo sin la menor emoción.
Un nutrido grupo de varones jóvenes escandalosos, liderados por un cabecilla ególatra y jactancioso trata de impresionar a los demás con una verborrea incesante, que narra historias de amor imposibles, como extraídas de los episodios más célebres del
mismísimo Casanova. Otros invitados se acercan timoratos, formando una hilera desmadejada, mientras se aproximan por la arboleda serpenteante que desemboca en los admirables jardines que atrapan como un guante la fastuosa mansión.
Una avanzadilla de mujeres se ha detenido en el camino para deleitarse con la belleza de la panorámica que se despliega ante sus ojos como las alas de un ave Fénix. Hay laberintos de setos verdes que imitan formas de animales, o escenas obscenas que dejan poco margen a la imaginación. Hay fuentes por todas partes, coronadas por imágenes de piedra invadidas por el musgo. Son estatuas pétreas que evocan escenas de la mitología griega y romana, legendarios héroes y hermosísimas diosas o musas de las artes.
La mansión es una inmensa mole de piedra roja cubierta de hiedras de color carmesí. Posee tres alturas, y a primera vista se asemeja a un castillo medieval. Una enorme cúpula roja con estrellas azules y amarillas pintadas se erige en la torre central. Hay decenas de minúsculos ventanucos con forma de hoja y grandes ventanas con cortinas de aspecto imponente. El valor de la mansión debe ser incalculable. Serenna, su propietaria, es la única heredera de la fortuna que su padre amasó durante décadas en negocios turbios de dudosa legalidad. Es una mujer de una belleza inquietante y perturbadora. Por sus venas fluye sangre siciliana, por parte de su madre, y americana, en su vía paterna. Sus ojos rasgados parecen demasiado apesadumbrados para una mujer que acaba de cumplir los 25 años. Tiene la mirada perdida y vacía. Su piel es tostada y tersa, y su cabello oscuro, largo y lacio. Posee una boca grande y sensual de labios carnosos y rojos. Su cuerpo es exuberante, lozano, de formas rotundas y curvilíneas. Ha heredado el arrojo de su padre, su audacia y su espíritu batallador. El hipnótico magnetismo de su físico es el legado de su madre. Es una mujer inquieta, que busca con anhelo y desespero una chispa de aliento y de vida en cada nueva situación. A veces cae en estado depresivos. Cuando esto sucede se adentra en su burbuja particular de su universo exclusivo, más allá de los confines del mundo físico y material. Es un universo de ideas, emociones y quietud. Allí puede evocar los escenarios de su niñez, truncada y devastada por los abusos físicos y psicológicos de unos padres enloquecidos. Entonces, llora sin emitir sonido alguno, mientras se mece al ritmo de una canción de cuna que sólo ella puede oír, como si fuese susurrada por el viento.
La mansión es su guarida, donde pasa los días sin más compañía que la de los numerosos animales callejeros que ha ido recogiendo y salvando de las calles desde décadas. Allí recibe a sus invitados durante los encuentros mensuales. Son su válvula de escape de su mundo poblado de voces de antaño e imágenes caducadas. Funcionan como detonante de sus pasiones y asimismo, amainan el temporal desbocado de sus estados demenciales transitorios. Serenna aborrece el contacto físico, le produce una extraña sensación de vacío y repulsión difícil de entender si no se ha experimentado. Considera el sexo como un efímero entretenimiento, que logra aplacar su soledad y la erige en un pedestal de oro y diamantes, que la dota de supremacía sobre los hombres volubles y enganchados en las redes del amor. Sus relaciones amorosas han sido numerosas y variadas, pero nunca se ha comprometido con nadie. Elude los compromisos y las declaraciones sinceras de amor eterno y lealtad. No cree en ellas, le aterra el fracaso, sentirse abandonada o burlada. Serenna jamás ha amado a nadie, no podría. No sabría como hacerlo. Busca el amor con desespero, sin embargo este parece negarle su suave caricia cuando parece más sincera y honesta. Su corazón está revestido de una coraza pétrea de acero que mantiene amarrados sus sentimientos e impide que los latidos de su corazón alteren su acostumbrado ritmo cadencioso y tranquilo. Su mente, azotada por frecuentes delirios sorpresivos, la incapacitan para los afectos y la entrega incondicional"
Autor: VÍCTOR VIRGÓS