MÁS ALLÁ DE LA NIEBLA
MÁS ALLÁ DE LA NIEBLA. DATOS DE LA NOVELA.
Una gran parte de los nombres geográficos que figuran en esta novela, tales como: Voltoya, Anta, El Yombo" existen en realidad y no son en absoluto producto de mi imaginación. Todos esos nombres conforman la identidad maravillosa de una región española preciosa como es Sanabria.
Víctor Virgós.bladerunner05@hotmail.com
"MÁS ALLÁ DE LA NIEBLA"
(EXTRACTOS DE LA NOVELA)
"Más allá de las extensas praderas, del color de la esmeralda, y de los vastos bosques centenarios, sobrepasando las márgenes serpenteantes de los ríos y los lagos, las lindes de los caminos y los senderos, en la cumbre nevada del Yombo se expande la niebla"
-Monique Hall-
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Anta quedaba atrás, con sus entrañables casitas blancas y paisajes de ensueño dormidos en el regazo de un profundo desfiladero. En silencio y sin premura, Verónica y Sofía cruzaron las vías herrumbrosas de la antigua estación del tren. Sortearon las vagonetas y locomotoras destartaladas, que descansaban en los andenes desiertos, y se abrieron paso entre la profusión de matojos que se erigían hacia el cielo como un ejército de almas condenadas. Atravesaron los amplios valles, del color de la esmeralda, que rodeaban la sinuosa carretera de Lubián, y en seguida, como una aparición, avistaron a lo lejos la inconfundible caperuza abovedada de color naranja de la moderna estación de tren. Un enorme cartel de color azul les daba la bienvenida a Puebla de Sanabria.
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Sofía y Verónica se detuvieron unos instantes delante del panel de salidas de trenes. Alfi, el irascible gruñón que expendía billetes en la taquilla, las contemplaba con displicencia. Su conversación siempre acababa por derivar de un modo recurrente hacia su lado emocional más proclive al sarcasmo y la venganza cuando se refería a ellas. No era ningún secreto en Anta, donde vivía Alfi desde hacía más de 50 años, que en su interior almacenaba gigantescas dosis de odio y deseos de desdicha hacia todas las mujeres. Su misoginia parecía alcanzar cotas febriles cuando se refería a Sofía y Verónica. Vivían en una enorme casona de madera a apenas unos doscientos metros de la chabola descuartizada donde se refugiaba del mundo Alfi. Ellas conocían bien sus períodos lunáticos, que declinaban en toda clase de extravagancias y monólogos con fantasmas ocultos bajo las hierbas humedecidas por el rocío. Le habían oído gritar a las paredes en más de una ocasión, e incluso salir a pasear en gélidas noches invernales, vestido simplemente con un liviano camisón y unas chanclas de playa.
3
Zambrales era una pequeña localidad portuguesa limítrofe con Galicia. El folleto explicativo elogiaba sin mesura las propiedades milagrosas de las aguas cristalinas de
4
Subieron subrepticiamente al último vagón, confundidas entre el bullicioso enjambre de pasajeros que descendían por la escalerilla, cargados con pesados maletones de viaje. Desde la ventanilla Sofía tuvo una fugaz visión del viejo huraño Alfi, expendiendo billetes a pasajeros demorados, refunfuñando entre dientes y maldiciendo, como si en su fuero interno librara una batalla imaginaria con espectros de su infancia.
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Sofía y Verónica se marchaban de Anta unos días en busca de aventuras y nuevas emociones. Sin saberlo, sin ser conscientes de ello, su destino inminente estaba fraguado con el vapor tenue y escurridizo de la niebla. Se acomodaron en un amplio compartimiento con visillos verdes y asientos de cuero rojos. En el centro había una mesa de cristal giratoria repleta de flores frescas, algunos aperitivos y refrescos. Verónica se incorporó y salió al pasillo, enteramente cubierto con una mullida alfombra roja. En enormes letras rimbombantes se anunciaba el nombre de la compañía: Ribadelago-Galende.
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El pasillo, largo y angosto, estaba desierto, a excepción de una mujer que acababa de aparecer como de la nada. Avanzaba penosamente con dos grandes maletones. Verónica la examinó concienzudamente y sintió vergüenza al comparar su vestimenta frívola y transgresora con la de la mujer, de mediana edad, que avanzaba en su dirección. Su porte era elegante y distinguido. Tenía un rostro hermoso, casi angelical, y un cutis imposible, resplandeciente e inmaculado. Sus ojos eran azules y el cabello, largo y muy blanco, descendía por su espalda como una suave cascada. Era una mujer curvilínea, alta y de figura bien proporcionada. Verónica podía imaginarla años atrás, rodeada de procaces adolescentes que la veneraban como a una gran diosa. Dedujo que se trataba de una turista, probablemente del norte de Europa, a juzgar por sus facciones, bien podría ser escandinava.
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La fascinante desconocida se detuvo delante del compartimiento 19. Verónica captó una fugaz mirada de sorpresa en su rostro cuando sorprendió a Sofía en el interior. Después, su ademán se suavizó y miró a Verónica, sonriente.
- Creo que os habéis equivocado de compartimiento, niñas.
La mujer dejó las maletas en el suelo y extrajo de su bolso una desconcertante tarjeta dorada, donde venía impreso el número 19 y otros datos relacionados con el tren en el que viajaban. Verónica se quedó estupefacta por unos instantes. Entonces Sofía, que había contemplado toda la escena con creciente emoción, se reunió con ellas en el pasillo.
- ¿Qué sucede? -preguntó fingiendo candidez-
- Este es mi compartimiento. El número 19. -La mujer volvió a mostrar aquella fascinante tarjeta dorada- Obviamente, niñas, os habéis confundido de compartimiento... o de tren -añadió en tono irónico no exento de divertimento y curiosidad-
- ¡Qué raro! -improvisó Sofía- juraría que Alfi nos había dicho: compartimiento 19, último vagón.
El rostro de la mujer demudó inmediatamente al escuchar aquel nombre.
- ¿Conocéis a Alfi?
- Sí, es vecino nuestro. Está chalado y aparte de huraño y misógino, creo que nos odia especialmente por ser sus vecinas -dijo Verónica-
La mujer emitió una sonora carcajada, obviamente disfrutando de aquella escena inesperada y tan divertida.
- Sí, en eso os tengo que dar toda la razón. Alfi no tiene demasiados amigos, y desde luego, no son mujeres. Sin embargo, por algún motivo incomprensible mi padre adoraba a ese viejo gruñón, ¿podéis entenderlo? yo desde luego, no. Creo que jamás desvelaré ese gran misterio. El recuerdo de aquella extraña amistad es lo que le mantiene todavía en su puesto -sentenció la mujer riendo de un modo escandaloso-
- Bueno, ahora en serio y sin mentiras. Enseñadme vuestros billetes. Se ve que estáis perdidas. Yo misma os indicaré donde está vuestro compartimiento, o vuestro tren...
La mujer utilizaba la sorna como vehículo de defensa, sin embargo parecía disfrutar con la situación. Sofía y Verónica se miraron incómodas e indecisas por unos segundos. La mujer se apiadó de ellas y las miró con compasión.
- No tenéis billetes, ¿me equivoco?
- Sólo vamos a Zambrales. Está muy cerca. Nosotras siempre viajamos así. -Repuso a la defensiva Sofía-.
- ¿En serio? suena divertido. Y, decidme, ¿como lográis burlar a los revisores, subir al tren sin ser vistas? Este es el turno de... Gallardo, sí. Hoy está Gallardo. hmm...Es un hombre realmente dotado para este trabajo, concienzudo y serio. Si os descubre no llegareis demasiado lejos, creedme.
- Nos las arreglaremos. ¿Nos va a denunciar? -preguntó Sofía airada-
- ¿Yo? ¡Ni loca, niñas! ¡No sabéis lo complicadas y tediosas que son esas cosas! Estoy demasiado cansada para esos líos, no nada de denuncias.
- Y decidme niñas... ¿Qué vais a hacer en Zambrales? Allí, por lo que yo sé, no van más que beatos, devotos y legiones enteras de ancianos quejumbrosos. Creen de veras que el agua de
- Bueno, ahora quiero la verdad. Decidme, ¿de verdad vais a ese horrendo lugar? ¿Tenéis familiares o amigos allí?
- No. En realidad nos da igual un sitio que otro. ¡Este tren es una auténtica maravilla! siempre quisimos viajar en uno así, con todos los lujos, como la gente adinerada -explicó Verónica dando a su voz un tono soñador. Sofía se había quedado callada. Su rostro, una gélida máscara de hielo sin emoción ni expresión, parecía sumido en profundas reflexiones más allá de aquel tren, de aquel momento, de aquella vida. La luz de sus bellos ojos verde-azulados solía emitir un destello fulgurante que retrataba su alma inquieta, díscola, pletórica de vida. Ahora, ese fulgor se había transformado en un vago reflejo en descomposición. La mujer captó ese momento de extraña transfiguración y sintió un profundo pesar en su corazón. Al rato su rostro volvió a resplandecer, como si el sol, oculto tras sus pupilas, se abriera paso entre un mar de densos nubarrones grises. Tan sólo Verónica conocía la naturaleza de aquellas repentinas mutaciones anímicas. Las heridas se desgajaban y volvían a rasgarse con renovado dolor cuando se dejaba llevar por la tormenta impetuosa de sus sentimientos y añoranzas familiares. Sofía jamás había conocido sus orígenes. La mujer había hecho una somera mención a sus posibles parientes o amigos, y esa trivialidad había sido suficiente para dinamitar la quebradiza membrana que recubría sus emociones.
- Os entiendo perfectamente. La verdad es que me siento orgullosa de mis trenes, aunque en ocasiones tengo la impresión de que son demasiado lentos. O tal vez sea yo, que siempre viajo a todas partes con demasiadas prisas...
- ¿Su tren? ¡Habla como si fuese de su propiedad! - protestó con total incredulidad Sofía-
- Puede quedarse con "su tren"... nosotras nos perderemos por ahí... -continuó Sofía desdeñosa-
- Pero, ¿donde vais a ir, niñas? ¿No decíais que os habíais subido al tren como dos "pequeñas furtivas" y que os daba igual ir a un lugar que a otro?
Sofía y Verónica se miraron sin comprender, atónitas. Aquella mujer estaba chalada o todo esto era una especie de broma descabellada.
- El tren partirá dentro de muy pocos minutos. Si Gallardo os sorprende errando por ahí como dos almas en pena y sin billetes os aseguro que no dudará en dejaros tiradas en la primera estación que paremos. ¿Queréis eso?
- ¡Por favor, sentaros otra vez! aquí, hay sitio de sobra para las tres. ¡Creedme! si tenéis una sola oportunidad de no acabar en la próxima estación como vulgares polizones, es quedándoos aquí, junto a mí. ¡No tengáis miedo! inventaremos algo para no levantar las sospechas de Gallardo -dijo la mujer en evidente tono de regocijo y entretenimiento Si ese patán me pone la mínima objeción le despediré sin contemplaciones -prosiguió riendo a carcajadas-
8
Verónica contempló a aquella extraña desconocida estupefacta, tratando de discernir si se hallaban en compañía de una demente o si por contra, todo lo que había contado era cierto.
Tianna Taylor habló durante horas de sus estrambóticas peripecias viajando por medio mundo. Esquivó a trompicones las referencias más elementales acerca de su niñez en Manhattan. Había comenzado a trabajar a la edad de 15 años junto a su padre, quien por aquella época amasaba una inmensa fortuna proveniente del negocio de los diamantes. Larry Taylor poseía un imperio dedicado a la exportación de piedras preciosas, cuyos tentáculos cruzaban las fronteras del todo el globo terráqueo. Otros beneficios menores manaban a raudales de negocios diferentes, como los almacenes Tara Heart, dedicados a la venta de música por catálogo. A su muerte, ella misma se puso al frente de todos los negocios que su padre había establecido en Manhattan. Años más tarde conocería a Ramiro Estrada, un magnate español propietario de la compañía de trenes "Ribadelago-Galende". Cuando contrajeron matrimonio en una paupérrima y decrépita iglesia de un pequeño pueblo sanabrés llamado Carballeda, Ramiro se había mostrado firme en su intención de celebrar allí el enlace, en el modesto villorrio que le vio nacer, Tianna cedió todos sus negocios en el extranjero. Se desprendió de su palaciega mansión en Níniveth, uno de los barrios de mayor boato en Manhattan, y se trasladó definitivamente a su hogar actual junto a su marido en Voltoya. Los días pasaron felizmente en su nueva residencia. Descubrió que amar aquella tierra sanabresa era algo tan fácil como respirar o caminar, parecía algo natural y lógico. Su marido había fallecido la primavera pasada. Desde entonces, los días en "El Yombo" se habían vuelto monótonos y aciagos.
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Cuando se abrió la puerta un hombre alto y enjuto escrutó con demencial minuciosidad a Sofía y Verónica. Su expresión mostraba sin titubeos tanto desagrado como recelo. Sofía, con su larga cabellera rojiza, salpicada de mechones azules y verdes y su atuendo hippie debía ser sin duda una imagen indeleble que Gallardo no podría extirpar de su memoria en mucho tiempo. Verónica iba enfundada en una ceñida minifalda verde, que apenas cubría unas largas y estilizadas piernas tostadas y bien torneadas. Poseía un cuerpo esbelto y de figura proporcionada.
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Tianna las presentó inmediatamente como sus nietas. Ellas saludaron efusivamente al revisor con toda naturalidad. Por unos instantes pareció convulsionarse horripilado ante aquella rocambolesca noticia, del todo inesperada y sorpresiva. Contempló nuevamente a Verónica y ella captó el modo en que él paseaba su mirada lasciva por su anatomía. Clavó sus pupilas oscuras en su camiseta y después bajó hasta su vientre descubierto, donde se veía ligeramente un tatuaje muy llamativo. Parecía un dragón bicéfalo de refulgentes ojos rojos cubierto de escamas amarillas gruesas. Cuando las dejó solas Tianna preguntó:
- ¿Están bien los aperitivos o pedimos que nos traigan algo de la cafetería, niñas?
- ¡Entonces es verdad! - exclamó Verónica aún sin creerse lo que estaba sucediendo- ¿El tren es suyo de verdad? Todo lo que nos ha contado es cierto...
- ¡Pues claro que es verdad! - contestó Tianna fingiendo sentirse dolida- ¿Creéis que soy una chalada, que va inventándose historias para confundir a las jovencitas que asaltan mi tren? - prosiguió, ahora bromeando-
- Estoy pensando que, ya que no tenéis un destino fijo adonde ir....
- ¿Qué? - preguntó con impaciencia Verónica, fascinado por aquella mujer-
- ¿Porqué no venís conmigo, a mi casa en "El Yombo"? Es un castillo terriblemente grande, solitario y frío. Me haréis compañía y seremos buenas amigas. Estoy segura de que nos llevaremos de maravilla y lo pasaremos fenomenal. Os aseguro que os encantará "El Yombo" y los alrededores de Voltoya. Ahí es donde voy yo, regreso a casa. No me dejaréis sola ahora que empezamos a llevarnos bien, ¿verdad?
Sofía y Verónica se miraron estupefactas. Tianna parecía una mujer estrambótica, tal vez algo chalada, pero divertida y fascinante. Y vivía en un castillo. Ese detalle parecía tan irreal y surrealista que por un momento Sofía tuvo la total seguridad de que se hallaban ante una lunática, tal vez huída de algún sanatorio mental cercano. Pero le gustaba su compañía. Tianna era una mujer desconcertante y entrañable.
- ¡Aceptamos encantadas! -corearon las chicas al unísono-