LA CASA DE LAS MIL PUERTAS

NOTA DEL AUTOR: Aunque pueda resultar inverosímil, me está sucediéndo que algunas personas han tomado esta introducción o comienzo de mi novela por la obra completa, en la que todavía trabajo. Las líneas que prosiguen a continuación son tan sólo un liviano aperitivo, un albor que se abre o amanece para penetrar en el umbrío y lóbrego paisaje que pervive enmudecido bajo los cimientos desolados de: 

 

LA CASA DE LAS 1OOO PUERTAS 

 

VÍCTOR VIRGÓS. 13/03/09         

 

 

         "A través de los desvencijados maderos de un obsoleto vagón de mercancías Laura contempla, obnubilada y con un somero aire de melancolía en su mirada perdida, como discurren los enmudecidos torrentes y afluentes que surgen de manera espontánea a consecuencia de la liviana lluvia de una desapacible mañana de Abril. Los raíles de las vías del ferrocarril, antaño exentas del tupido paisaje boscoso que ahora las cubre, relucen como viejas osamentas soterradas bajo un denso manto de hierbajos silvestres y hojarasca reseca. Katia, rendida a un sueño reparador y profundo, continúa plácidamente dormida con su larga y esplendorosa cabellera dorada desparramada sobre el torso hercúleo de Mario. Su rostro, hermosísimo y marmóreo, parece esculpido sobre una piel tersa e inmaculada de fina porcelana. Un leve rubor encendido se arrebola en sus mejillas. Su expresión exuda una dulzura y ternura rayanas a la divinidad. Si la felicidad pudiera cobrar forma la suya se asemejaría a la de un palacio de rutilantes cúpulas de plata. Mario se aferra a su cuerpo exuberante y curvilíneo, dotado de una sensualidad salvaje y excesiva, como los ornamentos sobrecargados de un artesonado en estilo rococó, con el desespero de un náufrago en alta mar.

         Mateo ya se ha marchado, sin contemplaciones ni dilaciones, sin dar explicaciones. A su libre albedrío aparece y se desvanece como la lluvia matinal que baña las calles bulliciosas de Madrid. Los macizos dados rojos y las fichas triangulares han quedado dormidos sobre el tablero astroso del Trivial, como testigos mudos de las dos apasionantes partidas celebradas durante la ya expirada noche del domingo. El equipo integrado por Katia y Mario se proclamó vencedor en ambas. Mateo, soliviantado como de costumbre ante la menor adversidad, incapaz de asumir el rol del perdedor, se retiró encolerizado musitando imprecaciones y salidas de tono soeces, envuelto en un aura maligna de rabia y frustración.

         En el suelo yacen, apilados sobre una provisional escombrera formada por botellines de cerveza vacíos, envases de cartón y plásticos estrujados, los restos de un pantagruélico ágape. Las paredes de este vagón de mercancías, con sus tablones quejosos y desencajados, se han transformado en los últimos dos años en un impresionante lienzo de colores amalgamados que parecen querer emular la vivacidad y el desparpajo de un arco-iris. Cuando pinta, Mateo parece al borde de la levitación mística, en medio de un viaje astral. Se introduce en su particular burbuja espiritual e imagina irisadas creaciones artísticas que después transforma en obras impresionistas.

         Mario, con su aspecto gallardo, maleante y bravucón se asemeja a uno de esos personajes de novela negra, donde habitan los gángsteres de exigua locuacidad y un magnetismo especial para atraer a las mujeres y a los problemas. Detrás de esa fachada de hombre duro, arisco, desaliñado e increíblemente atractivo se oculta un muchacho inseguro que aún sueña con princesas, duendes y diablillos traviesos. Una gorra de corte italiano a cuadros blancos y negros cubre su rostro como un sudario. Laura la ha reposicionado sobre su cabeza con delicado primor, para no despertarle. Sus manos elegantes y estilizadas se dirigen ahora a su cabello oscuro y lacio, que cae sobre sus ojos como ramificaciones dispersas de la noche. Enamorada, observa a Mario, abrazado a su musa.

         Tres unicornios plateados, cabalgados por despampanantes amazonas vikingas, cubren todo el armazón del vagón de mercancías, que ha servido de refugio y hogar de confidencias, risas y llantos durante todas las tardes de los últimos dos años. Es la obra más deslumbrante de Mario; una balaustrada que se asoma a un escenario onírico de mitología y fantasía..."

 

 

 

 

Comentarios

escribe demasiado pomposo para decir cuatro cosas...no me ha gustado, lo siento


a mi tampoco muy corto y sin guion!


muy buena pero le faltan dialogos


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