LA ISLA DE ZOE

"LA ISLA DE ZOE"

 

EXTRACTOS DE LA NOVELA:

 

 

 

"No le engañaban en la agencia de viajes cuando le afirmaron que aquel suntuoso hotel, rodeado de palmeras y cataratas artificiales, era lo más parecido a adentrarse en un oasis rezumante de belleza edénica y paz. El relajante y apaciguador sonido del chapoteo del agua le acompañó hasta el umbral de la puerta, ribeteada de aromáticas flores de colores malvas y fucsias. Dejó atrás una hilera de arcadas de estilo mudéjar que se abrían a cada lado a patios interiores con una fuente central que emulaba los gustos arquitectónicos del esplendor de la antigua Roma.

Tras el mostrador distinguió la figura menuda y macilenta del recepcionista. Era un hombre de mediana edad, bajito y tez morena. Hablaba precipitadamente acompañando su voz de una mímica exacerbada que le confería un aspecto cómico. Sus ojos grandes y oscuros miraban con detenimiento a la ancianita a quien acababa de entregar la llave correspondiente a su habitación. En realidad era una tarjeta que había que insertar en una ranura con una banda magnética. En la cara anterior podía leerse el nombre del hotel: LA ISLA DE ZOE.

            Iván observó que venía hacia él. Cojeaba.

            -Buenos días señor.

            -Buenos días. Mi nombre es Iván Valiño. Hice una reserva la semana pasada -Dijo en tono taciturno. Su voz desgastada trataba de camuflar la intensa agonía interior que le roía las entrañas.

            -Perfectamente -contestó solícito el recepcionista-. Déjeme ver... sí, Iván Valiño -confirmó corroborando los datos en el ordenador-. Le daré la habitación 119. Le encantará. ¡Las vistas al mar son realmente excelentes¡.

            Sonrió de un modo irresistible obviamente esperando que aquella información encendiese su entusiasmo. Su voz triunfal y enérgica no dejaba lugar a dudas. Le defraudó comprobar que en su rostro permanecía la expresión de abatimiento que había descubierto desde el inicio de la breve conversación.

            -¡Eso suena fabuloso¡ -se apresuró a contestar esforzándose por aparentar un entusiasmo ficticio que ahuyentase la desidia y la desolación. Engañó al recepcionista, y complacido le entregó la llave de la habitación. A continuación pasó a indicarle minuciosamente los horarios del comedor para bajar a desayunar. Hablaba con esa voz infatigable y engatusadora de los charlatanes que recorren el país en sus caravanas ambulantes en busca de crédulos y gentes de mentes aletargadas a quienes vender remedios milagrosos falsos o adulterados.

            -Gracias -le cortó con brusquedad. Sólo la rutilante sonrisa de su rostro agraciado restaba hostilidad a su vehemente tosquedad. Al observar la perplejidad mayúscula de aquel hombre se sintió culpable y tentado de disculparse al momento. Pero aquella mañana de Agosto el recuerdo de Clara dolía con la intensidad de mil volcanes en erupción a la vez. Nada importaba ya. Su mujer había fallecido hacía tan sólo una semana. Desde entonces el mundo entero se había convertido en un desierto de sombras grises y voces desconocidas que le atormentaban con sus gemidos de sufrimiento y llanto. Benalmádena, con todo el encanto y deleite con que agasajaba al turista, no era sino una prolongación del infierno que le tocaba vivir en un mundo al que sentía que ya no pertenecía.

            Se dirigió hacia el ascensor arrastrando los pies como un condenado al patíbulo. A su espalda escuchó la voz atropellada del recepcionista indicándole que su habitación quedaba al final del pasillo, en la segunda planta.

            -Gracias -contestó de nuevo esforzándose por que su voz sonase amable y agradecida-.

            Introdujo la tarjeta en la ranura y entró. La habitación era bastante amplia y confortable. A su derecha quedaba el baño, iluminado bajo el tenue brillo rojizo de una bombilla circular encajada en el techo. De frente, las cortinas de color violáceo dejaban pasar tímidamente los haces de luz provenientes del exterior, creando una atmósfera de intimidad mística. La enorme cama de matrimonio venía flanqueada a ambos lados por dos mesillas de noche de color hueso sobre las que reposaban sendas lamparitas con forma de seta.

            Se abalanzó sobre la cama extenuado como un peregrino que implora descanso tras una penosa caminata por senderos tortuosos. Al momento se zambulló en un profundo sueño. Una parte de su ser anhelaba no despertar jamás. Notó como su cuerpo cansado era engullido por las fauces de una caverna de profundidad insondable y sus músculos se relajaban. Los latidos de su corazón enlentecían. La sensación de caída al vacío era maravillosa y liberadora, apaciguaba sus tribulaciones y espantaba a las voces anónimas que gimoteaban al unísono dentro de su cabeza.  

            En el sueño, el miedo a la soledad y la insoportable sensación de culpabilidad habían desaparecido para transformarse paulatinamente en imágenes de vívidos colores que le invitaban a acercarse. Las observó embebido como un beato ante Dios en espera de un milagro.

            Una voz plañidera emergió del núcleo de una inmensa esfera roja que surgió de la fusión de las imágenes centelleantes primitivas. Iván se quedó petrificado ante ella como un fotograma congelado en el tiempo. Una nueva sensación, semejante a la esperanza, bañó su espíritu derrotado y malherido.

            Se hallaba en medio del espacio exterior. El silencio sepulcral y la negrura más absoluta, moteada de fulgores estelares, quedó relegada a un segundo plano ante la magnificencia de la esfera abarcando el infinito.

            La voz de una mujer le habló con dulzura devolviéndole al momento el coraje y descanso espiritual que le habían abandonado. Durante unos segundos nuevas lágrimas se agolparon en sus ojos hinchados y resecos de tanto como había llorado en los últimos días.

            -Iván, he venido a liberarte de tu sufrimiento. Ante todo debes saber que la muerte de Clara no fue por culpa tuya. El destino es inviolable y ya estaba escrito.

            Aquellas palabras fueron la frágil y quebradiza barricada de la presa que cede ante la poderosa opresión del agua desbordada. Rompió a llorar desconsolado. En algún recoveco de su memoria pugnaba por salir el aborrecible recuerdo de la funesta tarde en que su mujer perdía la vida a manos de un psicópata que, a hurtadillas, había enrarecido con su presencia aquel hogar de amor y serenidad que habían construido juntos.

            Y el recuerdo ganó la batalla. Su mente abyecta proyectó los bocetos de atrocidad y espanto que vieron sus ojos grises tras la puerta entornada y desvencijada de la cocina. El cuerpo exánime de Clara yacía sobre el mármol blanco en medio de un copioso charco de sangre. Sus ojos verdes contemplaban con expresión agónica el truculento escenario de su muerte.

            Antes de entregar su vida había luchado con arrojo y ferocidad a juzgar por el caótico panorama de sillas volcadas, platos y vasos resquebrajados y cristales despedazados por todas partes. Un cuchillo ensangrentado resbalaba de sus manos contusionadas. Era el arma con que había tratado de defenderse antes de firmar el espeluznante y definitivo pacto con la muerte. Sus ropas rasgadas y hechas jirones cubrían escasamente su cuerpo exuberante y hermoso apaleado con brutalidad y mórbido sadismo. El agresor le había asestado repetidas puñaladas letales en el vientre y el pecho. No pudo pedir auxilio. Sus sollozos y gritos de pavor habrían enmudecido bajo el paño de cocina que aquel desalmado había embutido en su boca entreabierta.

            -No debí dejarla sola... -Atinó a decir balbuceando como un chiquillo asustado-. Unos días antes se habían producido unas llamadas extrañas... nadie contestaba.

            -Tenías que ir a trabajar. No podías quedarte en casa eternamente como un centinela custodiando a su reina -contestó la mujer aliviando su dolor-. La vida es una rueda que gira y gira incesantemente. A veces nos trae fortuna, y otras, la macabra burla del destino nos niega esa bonanza y nos castiga con acontecimientos aterradores. Somos tan sólo las piezas de un inmenso tablero de ajedrez que enfrenta a dos grandes jugadores: la vida y la muerte. No podemos intervenir ni interferir en la partida. La vida mueve sus piezas con sabiduría e inteligencia y nosotros avanzamos con ella, pero la muerte conoce todas las jugadas y las artimañas para ganar todas las partidas. La muerte danza con la vida, juega con ella por puro deleite y a veces le hace creer que podrá ganar, pero al final, cuando menos lo esperas nos sorprende con una última jugada magistral y nos deja fuera de la vida. Nadie puede vencer a la muerte ni prever sus movimientos.

            -¿Quién eres tú?. -Preguntó Iván enjugándose los ojos-.            

            -Soy Zoe. Y puedo llevarte junto a Clara, si lo deseas... -dijo la mujer de un modo misterioso-.

            Contempló la esfera convencido de que estaba presenciando un milagro, o tal vez estaba hablando con un emisario del Señor. 

            -Nadie puede hacer eso. Ella está muerta. -Bramó Iván enfurecido-.

            -¿No desearías volver a verla?.

            -Por supuesto -contestó exasperado-. Pero ya te he dicho que está muerta. ¿Acaso posees el poder de resucitar a los muertos?."

 

VÍCTOR VIRGÓS. "LA ISLA DE ZOE"

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