LA SALA DE LOS RELOJES

 

LA SALA DE LOS RELOJES

 

 

EXTRACTOS DE LA NOVELA:

 

 

"La mujer avanzó con parsimonia por el angosto pasillo en penumbras de la Sala de los Relojes. Unos madrugadores y timoratos rayos de luz de la mañana se filtraban como espías a través de las grietas en las persianas bajadas. La eterna cantinela de los relojes, que reposaban en reverente silencio sobre mesillas y estanterías enterradas bajo espesas capas de polvo, danzaba en el aire pestilente con su persistente tictac. A ambos lados de aquella "caverna" lóbrega, se erigían como atalayas dos muebles, que acogían en su seno decenas de relojes. El suelo irregular y empinado, como catapultado por un seísmo, estaba formado por pequeñas losetas blancas y negras, en un intento vano de emular la sobria elegancia de un tablero de ajedrez. El techo, celeste como el firmamento, estaba resquebrajado y hundido en su parte central. Gruesas telarañas pendían de aquella brecha como grotescas lianas de una jungla surrealista. Un olor hediondo manaba de aquella grotesca bocaza sonriente. Sus pies se abrían paso entre columnas de polvo, inmundicia y enseres descuartizados esparcidos por el suelo.

La mujer se detuvo delante de un biombo de madera ajada y devorada por la carcoma. Detrás, bajo una urna de cristal en torno a la cual volaban aturdidos por la fatiga y el hambre gigantescos moscardones, había depositado el desconcertante reloj de madera que le entregara la hechicera Axen hacía 6 meses en su último viaje a Kenya.

Lo admiró con veneración. A continuación, posó sus manos añosas y ásperas sobre el armatoste de tosca madera negra de casi un metro de longitud. En su zona anterior giraban sobre una oquedad excavada dos agujas talladas en cuerno de marfil. Algunas ramas secas, en la cara posterior, extendían sus brazos inertes hacia los bucles de luz ensortijados que dibujaban elipses en el aire denso encerrado en la habitación. Unos anillos azules, que orbitaban como satélites en torno al eje central, donde se fusionaban en la zona superior del opulento leño, hablaban de su milenaria longevidad. En sus entrañas moraba el tiempo futuro apresado, generaciones de sueños que jamás se cumplirían, interrumpidos con brusquedad por una mofa inesperada del destino. Las vidas erróneas, conducidas por el sendero de la falacia, la perfidia, la lujuria y las taras y debilidades propias de la naturaleza humana podían ser abortadas a través del reloj. Las manos de la mujer tan solo eran el vehículo imprescindible para estancar un destino envenenado de imperfecciones. La hechicera Axen le había mostrado la travesía que conducía a la unión simbiótica con el reloj, y el lenguaje requerido para establecer un vínculo inquebrantable. Sus anhelos más fervientes debían ser una prolongación de las mágicas cualidades del reloj. Debía utilizarlo para purificar las almas necesitadas de redención y expiación de culpas. De otro modo, sus efectos devastadores podrían resultar nefastos e imprevisibles...

Cuando entró en trance, y de sus labios lívidos y finos comenzaron a fluir las palabras, en el antiguo y desconocido lenguaje de los hechiceros, la mujer evocó la luminosidad de las aguas termales de Misty Rain. Vio nuevamente las impresionantes cataratas inmersas en la jungla, donde se había extraviado en su último viaje a Kenya, donde entre alucinaciones y delirios fue milagrosamente rescatada por Axen. El último viaje conducía allí, a Misty Rain; un paraíso de gozosa belleza donde la hechicera limpiaba las pústulas, heridas y enfermedades que impedían a los hombres caminar por un camino de amor y armonía en sus vidas.

Los labios de la mujer esbozaron una sonrisa cáustica. Álex Collado tenía una cita ineludible con su destino.

El níveo fulgor de la luna menguante arrojaba chorros de luz sobre las reposadas aguas del Pantano de los Murmullos, perturbado tan sólo por el críptico diálogo de las ranas, que croaban encaramadas detrás de una espesa cortina de cañaverales que nacían junto a la orilla. El gélido viento de aquella noche de Septiembre aullaba entre las quebradizas ramas de los árboles, agitando sus copas espigadas con furia desatada. Remolinos de hojas marchitas se estrellaban contra las roñosas ventanas de la caseta abandonada de un guardia forestal, convertida en inesperado refugio de amor de enamorados acuciados por el hambre de la pasión y los sentimientos"

 

VÍCTOR VIRGÓS. "LA SALA DE LOS RELOJES"

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