JYS;LA ESTACIÓN DEL TIEMPO

"JYS,LA ESTACIÓN DEL TIEMPO"

 

 

EXTRACTOS DE LA NOVELA:

 

El ruido es ensordecedor en la estación Bravury. Es día 19 de Agosto de 1992; la multitud aglutinada anhela con avidez el comienzo de sus vacaciones Hay niños correteando por todas partes, esquivando a gran velocidad a los cientos de turistas y pasajeros que se dispersan por toda la estación. Entran y salen por los distintos accesos grupos de gente de Bravury, de sus arrabales e incluso de pueblos colindantes y remotas tierras. Son en su gran mayoría oriundos de este pueblo escocés, oculto entre montañas cubiertas de nieves eternas, donde el aire glacial es afilado como la hoja de una guadaña y el agua de sus lagos es siempre gélida y límpida.

En el suelo polvoriento y descolorido apenas se distingue ya un dibujo en relieve de un paisaje canadiense, que se asoma a un bosque helado de cipreses. En el cielo, despejado de nubes, planea una majestuosa ave rapaz. Mientras esperan, los pasajeros han dejado sobre el pavimento de la monumental estación grandes maletones, mochilas y bolsas de viaje.

Un murmullo general flota en el aire como una densa bola de gas condensada y caliente.

La estación Bravury goza de gran prestigio y reputación mundial. Se narran muchas leyendas sobre ella, así como del pueblo que la vio nacer. Es una estación arcaica y legendaria; así lo avala su estructura vetusta de madera quejumbrosa, deslucida por la humedad, la lluvia y el frío. El suelo tiene grietas y el techo grotescos boquetes que ahora están siendo reparados. El alcalde ha concedido una generosa subvención para devolverle su antigua majestuosidad y esplendor.

 

Hacía mucho calor aquella mañana de Agosto, pese a las recientes y copiosas lluvias que habían regado los bucólicos paisajes de Bravury. La temperatura en el interior de la estación parecía aumentar paulatinamente. Sin embargo esto no parecía alterar lo más mínimo el ambiente de euforia y júbilo; la gente contemplaba con entusiasmo la grandiosa y colorista ceremonia en honor a la vieja estación, que marcaba hoy su primer centenario de existencia.

Cuando se inauguró oficialmente, hacía ya demasiado tiempo y sólo los más ancianos del lugar recordaban con lágrimas en los ojos aquel día, nacía histórica y culturalmente una Bravury que convulsionaría a ese mundo remoto que se extendía más allá de sus praderas de color esmeralda. A medida que las obras iban ganando terreno a la utopía de disponer de una red de ferrocarril fue acumulando elogios y admiración. Las carreteras arenosas y en estado de deterioro progresivo fueron restauradas. La coraza que envolvía al pueblo de apenas varios cientos de habitantes fue desmoronándose. Desconocida y aislada, silenciosa y discreta, se convirtió de pronto en un punto de referencia para aventureros y nómadas, ávidos de misterio y leyendas. Comenzaron a brotar narraciones fantásticas acerca de sus parajes de ensueño, contornos montañosos y verdes llanuras, vastos y fecundos campos, praderas, la caricia amable de la brisa y el viento impoluto. Brávury se hallaba inmerso en una burbuja incorruptible donde la quietud y el reposo parecían fluir de sus ríos y senderos curvilíneos, o de los valles plagados de acogedoras casas rústicas diseminadas a lo largo de los caminos pedregosos.

 

Se contaban historias épicas, tal vez reales, tal vez ficticias. Durante su letargo en el anonimato Bravury había sido escenario de extraños fenómenos paranormales. Algunos de ellos acontecieron en el mismo punto donde ahora se erigía descomunal y deslumbrante la estación de ferrocarril.

Melvin Stewart había sido reelegido como alcalde y se sentía orgulloso de ello. Adoraba las reuniones con sus vecinos y amigos en "El Ciprés rojo" para participar en los campeonatos anuales de mus. Era un hombre jovial y amistoso que buscaba el contacto con los demás, haciéndose así partícipe de sus vidas. Repudiaba abiertamente la reverencia y el trato impersonal de las relaciones diplomáticas. En ese día del centenario de la estación no quiso escatimar en gastos para conceder a sus vecinos una celebración sin parangón. Melvin Stewart organizó un magnífico evento que nadie podría olvidar jamás en Escocia.

Una multitud boquiabierta se congregaba delante de los trenes más antiguos. Era un hecho excepcional poder contemplarlos allí, fuera de los museos del país. La exposición era un desfile constante de trenes del pasado y del presente paseando sus sombras gastadas, o vívidos colores fruto de las nuevas tendencias y modernidad. Trenes y más trenes, emborrachando de vapores y ronroneos la estación. Algunos chiquillos se arremolinaban asustados, aunque ellos pretendían mostrarse valerosos e impertérritos, ante los más aparatosos, de corazas negras hirvientes y estruendosa respiración. Parecían arquetipos de su primitivismo. Parecían iracundos, consumidos por el rencor y el desprecio hacia ese progreso que les había desterrado. El maquinista solía ser siempre uno de esos viejos huraños que todo lo sabía acerca de Bravury y sus leyendas...

Había una muy popular y difundida. La de Jeniffer Long. Aquella niña se había arrojado a la vía del tren sin que jamás se esclarecieran los hechos que derivaron hacia un final tan prematuro y macabro. Había sucedido en los viejos hangares de la estación, donde dormían los trenes de antaño. Ahora sólo quedaban las vías muertas fuera de servicio. Nunca volvió a abrirse ese sector de la estación. Aquel funesto día fue recordado con el sobrenombre de Vía Jeniffer. Permanecía cerrada. Nadie se aproximaba para fisgonear tras los oscuros cristales de las puertas, cerradas con media docena de candados. Tan sólo algunos valientes osaban a mirar de un modo furtivo y precavido desde una distancia prudencial, como si temieran que al acercarse demasiado el espíritu de la niña pudiera atraparles para llevarles con ella a las vías muertas. Si te asomabas a esa oscuridad impenetrable, la mugre del cristal apenas permitía imaginar un mundo cadavérico, poblado de flores marchitas e hierba amarilla que crecía entre los raíles de las vías. Había también una locomotora desenganchada del resto de vagones. Silenciosa y polvorienta, esperaba la llegada de nuevos avatares y viajes venturosos. La leyenda narra que bajo su imponente coraza negra aguarda Jeniffer; anhela con fervor realizar su último viaje .

Se esperaba de un momento a otro la aparición estelar de numerosas celebridades. El Alcalde había previsto medidas de seguridad excepcionales y había redoblado el contingente de policías. Los periodistas y reporteros de las cadenas de televisión ya estaban tomando posiciones.

Traci King y su compañero sentimental, Alex Mercury, aparecerían temprano sin duda, y tratarían de eludir a la multitud anhelante que solía congregarse a su paso. La policía había acordonado la zona y se había apostado frente a las puertas de la estación ,por la cual accederían las caras más famosas del mundo del celuloide, la radio y la televisión.

Una hilera de barreras amarillas servía de dique de protección. La muchedumbre trataría de aproximarse tanto como les fuese posible, con sus cámaras de fotos y sus libretas para cazar algún autógrafo con una dedicatoria manuscrita. Melvin Stewart se había mostrado tajante e inflexible en sus órdenes: Nada de adolescentes alocados saltando por encima de las barreras para hacer corrillos a su alrededor y abrazarles. El alcalde quería que su paso por Bravury se realizase del modo más raudo posible, y sobre todo, que aquel hecho no ensombreciese la gloria y esplendor de la exposición de trenes que se encontraba en plena ceremonia.

La cantante del momento, Carmen Vilas, cuyos pelos rojizos y verdes habían desencadenado una corriente novedosa entre las adolescentes que la veneraban, llegaría en cualquier momento. Disfrutaba congelando el instante en que realizaba su aparición ante sus admiradores. Era una mujer hedonista que recibía de buen agrado los cumplidos, las sesiones de fotos y las entrevistas.

Los cristales de aquella puerta tenían un aspecto tétrico. Estaban sucísimos

- ¡Abuelo! ¿por qué nadie limpia estos cristales? ¡No se ve nada! -protestó el niño que estaba apoyado en el frontal de la cristalera que daba a la Vía Jeniffer. Al otro lado apenas se vislumbraban porciones recortadas del interior.

- No es eso. Pero.. ¡Ven, sal de ahí! ¡No te arrimes tanto! No me gusta que te acerques demasiado - contestó su abuelo, prácticamente arrancando a su nieto de allí-

- ¿Por qué no puedo mirar? -El niño se desenganchó de su férreo contacto y corrió nuevamente hacia la cristalera. Estaba cubierta de mugre, acumulada durante quién sabía cuantos años. Sin embargo, el chiquillo logró encontrar un pequeño halo de luz por el que era posible observar que se extendía al otro lado. Vislumbró un escenario espeluznante; secciones de la Vía Jeniffer e incluso un formidable tren negro. Se giró y mirando a su abuelo, con los ojos desmesuradamente abiertos por la emoción, dijo:

- Aquí fue donde ocurrió la historia de Jeniffer, ¿verdad abuelo?

- !Bobadas¡ Sólo son leyendas. ¡Vamos Álbert! No debemos estar aquí -protestó enérgicamente y con nerviosismo, tratando de eludir el tema, pugnando consigo mismo para no ceder a la tentación de espiar tras la cristalera, como había hecho su nieto.

- ¡Yo no creo que sea una leyenda! ¡Jeniffer existió de verdad! -insistió el chiquillo recalcitrante en su postura-

- !Te digo que no, Álbert¡ Eso no son más que invenciones sin sentido. ¡Venga, debemos irnos ya! Volvamos a la exposición de trenes. Pronto llegaran los famosos que tanto te gusta ver por la televisión... -explicó su abuelo. Estaba a punto de estallar en lágrimas, aterrado. Le costaba respirar. Por unos instantes estuvo seguro de que le sobrevendría una crisis nerviosa, pero respiró hondo y logró superar la situación-

- ¿No querrás perdértelo, verdad que no Álbert?

Se alejaron a toda prisa. Los ojos azules de él estaban petrificados en algún punto indefinido en el horizonte, lejos de la cristalera que quedaba a su espalda. No deseaba volver la vista atrás. Temía que si lo hacía podía suceder lo inimaginable, algo inaudito y sin sentido. La leyenda podría dejar de ser leyenda para convertirse en cruda realidad. Jeniffer se mostraría tras la negrura, más allá de los cristales demudados por la oscuridad. Haría reventar los candados de la puerta que la retenía confinada; o tal vez atravesaría la frontera de cristal que la excluía del mundo terrenal, el mundo de los seres con vida.

Caminaba con paso decidido y brioso, temeroso de que por causa de un impulso inconsciente cediera a la tentación y mirase nuevamente hacia la puerta. Sentía pavor de las leyendas; especialmente aquellas acompañadas de memorias aciagas, cuya remembranza le provocaban escalofríos...

Albert era incapaz de apartar su mirada del único punto de luz tras la cristalera que concedía una visión generosa del mundo insólito que se extendía al otro lado. Se estaban alejando pero el chiquillo no se rendiría fácilmente. Era obcecado y no desviaría su mirada del cristal. Sus ojos verdes estaban ávidos de curiosidad y asombro.

Sucedió demasiado deprisa, como un vendaval frío que irrumpiera en una exigua habitación contaminando con su presencia una atmósfera cálida y serena. Una canción brotaba suavemente desde algún lugar indistinguible al otro lado de la cristalera. Y más allá, mucho más allá, en la misma garganta de aquel universo inexplorado, levantándose entre los raíles oxidados de la vía muerta, envuelta en un halo reluciente que la otorgaba un resplandor celestial, Jeniffer despertaba de su letargo.

- ¡Jeniffer! -murmuró asombrado Albert-

- ¡Calla y camina Albert! ¡No mires atrás! ¡No me gusta que lo hagas!

Observó el rostro céreo de su nieto, pálido y aterrado. Tenía las manos heladas. Por un instante imaginó que sucedería si miraba atrás: ¿descubriría a Jeniffer, flotando tras el umbral de la cristalera?

- ¡Abuelo, mira! ¡Está atravesando el cristal!

Albert parecía a punto de desvanecerse al tiempo que pataleaba y tiraba de la mano de su abuelo para desasirse.

- ¡Calla Albert! -Imploró más que ordenó su abuelo, que había comenzado a sentir como su frente se cubría de finas gotas de sudor frío. Pronto la voz del chiquillo quedó amortiguada por la música, que sonaba con mayor estridencia. A pocos metros de allí un pasillo a la derecha, plagado de tiendas de regalos y fruslerías, conducía hacia la engalanada plataforma donde los concurrentes disfrutaban con la exposición de trenes. El anciano tuvo que arrancarle del suelo para alejarle de aquel lugar embrujado. A los pocos minutos regresó la calma. La música no se había extinguido completamente, sino que se había convertido en un susurro apaciguado. El viejo Isaías miró a su nieto con cariño. Sus manos habían recuperado el calor y su aspecto parecía relajado.

Una auténtica avalancha de curiosos corrían hacia la entrada número 19. Traci King, la famosa actriz escocesa que se diera a conocer a raíz del controvertido film "Calor ambiental", se abría pasos entre la multitud asfixiante esbozando su habitual radiante sonrisa. Junto a ella, como un fiel sabueso, gruñón e irascible, caminaba como un galán de otros tiempos, soberbio y endiosado, Alex Mercury. Era tan célebre por su temperamento antipático y petulante como por su espacio radiofónico "A punto de verlo" ; un programa sensacionalista que mostraba la cruda realidad de la vida con entrevistas a sus protagonistas descorazonados. Los periodistas se abalanzaron sobre la pareja. Traci les deleitaba con su sonrisa rutilante y sincera, al tiempo que Alex les crucificaba con su mirada vindicativa. La vasta hilera de policías que acordonaba la zona formó una cadena humana en torno a ellos.

VÍCTOR VIRGÓS.

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